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El pálpito del mejor pop español

La aparición de Dolorosa en la escena granadina fue acogida con una mezcla de complicidad y aspereza hace más o menos un lustro. Sus dulces y exquisitas canciones dejaban en realidad un regusto acibarado. Se convirtieron en el perfecto grupo generacional: la voz del treintañero medio. Es decir, el retrato de gente sin futuro que, por abnegación, o por narices, estira la juventud hasta nadie sabe cuándo mientras asiste a la lenta digestión del 15-M y al desfalco de un país con las instituciones patas arriba. El proyecto de Raúl Bernal —músico de amplia experiencia en las formaciones de Lapido, Quique González o Loquillo, entre muchos otros— encontró en Natalia Muñoz la figura idónea para transmitir un discurso agrio, a veces desesperanzado, por el que también se filtran rayos de luz y una sutil ironía. 

Pasados unos meses del lanzamiento del primoroso EP Lo que queda de mundo —adaptaron un poema de Jorge Riechmann en ‘El capitalismo’—, el nuevo álbum de Dolorosa huye de la fijación de elementos que tan buenos resultados proporcionó en su debut. Y si bien la mirada es la misma, las formas han evolucionado. Más libertad, más juego, más pop. Pop adulto. Ahora, los teclados destacan sobre las guitarras. Unos teclados analógicos que, estoy seguro, Raúl hubiese descartado hace una década, cuando empezó a maniobrar detrás del alias de Jean Paul.

Para colmo, Dolorosa funciona como colectivo atípico, por debajo de sus posibilidades con premeditación. La banda está integrada por músicos reputados que, ay, intercambian los roles para preservar la inocencia. Así, Bernal cede las teclas en directo a Carlos Marqués —¡uno de los mejores bajistas de Granada!— para centrarse en la guitarra. Del bajo se encarga un guitarrista tan pulcro como Chesco Ruiz, mientras que Fran Ocete toca la guitarra acústica y el veterano Antonio Lomas, por supuesto, la batería. 

Con un título mucho más optimista de lo imaginable, Un gran presentimiento ofrece, ante todo, una colección de canciones valiosas, sin fisuras. Y supongo que experiencias como la paternidad y su traslado fuera de la urbe, o las tensiones personales que casi dinamitan a Dolorosa, han influido en las composiciones de Raúl Bernal. Piezas perfiladas con la meticulosidad artesanal de un auténtico obseso del oficio de ensamblar músicas y letras sin desbarrar en el intento. Raúl escribe con urgencia pero escribe con precisión. Y con el mérito añadido de hacerlo con conciencia grupal y sacando el lado femenino en el que Natalia se identifica.

A Dolorosa se les ha comparado con La Buena Vida o con Amaral. Huero ejercicio a estas alturas. Aunque desde sus inicios han mostrado querencia por el minimalismo afrancesado, la canción italiana, la América fronteriza o la lírica del bolero, este trabajo les sitúa como una de las propuestas más sólidas y personales del mapa musical en España.

En Un gran presentimiento hay más reflexión íntima y menos pasquín político y la frustración de esta generación persiste

EDUARDO TÉBAR